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¿Se puede ser abogado/a feliz sin morir en el intento? A cargo de Gabriela Cid de León B.

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Mucho se dice de los abogados. ¿Mala fama? Es una realidad social, que se debe en gran parte a buenas o malas experiencias personales o a lo que la misma profesión representa: cuando una persona acude en busca de alguno/a, es casi sinónimo de tener problemas y, ¿a quién le gusta tener problemas? Pero es un hecho: todos en algún momento de la vida necesitaremos de abogados. Inclusive los mismos abogados, bien sea para asesorarnos de otros de alguna especialidad que no dominamos o bien sea porque no se quiera llevar la representación de sí mismo en un problema personal. De ahí la importancia de la elección.

Pero, y ¿cómo es la vida de un abogado/a? Bueno, como todo profesional tenemos necesidades personales, familia, amigos, necesitamos comer, descansar, en fin, que sí: sí, respiramos también. Aceptar el reto de dedicarnos a la abogacía, entendida en este caso como la representación legal y defensa de personas que las requieren en determinada especialidad, es una elección que debe ser bien pensada y evaluada, ya que deberá compaginarse tanto la vida personal con la profesional; suena sencillo, pero créanlo, no lo es. Algunos dirigen sus despachos, otros trabajan en alguna firma o empresa, otros deciden ser autónomos, otros más desde las defensorías públicas o instituciones públicas; pero en la defensa de intereses, el común denominador que se tiene es el alto grado de estrés que se maneja, debido al grado de responsabilidad de lo que está en juego.

La labor que representa resolver los problemas de los demás es un compromiso y una alta responsabilidad que pueden implicar para el cliente la pérdida de la libertad o del patrimonio. Por eso, el sesgo profesional que se tiene es el de hacer un trabajo de calidad, lo que en la actualidad con la aceleración y complejidad de los procedimientos y procesos judiciales es algo que puede resultar realmente algo apabullante; hablamos de saber plantear demandas, contestarlas, tener al día los términos y plazos judiciales, estar en constante preparación y actualización respecto de la legislación que cambia todos los días… Ya lo decía el ilustre abogado Uruguayo Eduardo Juan Couture: “Estudia. El derecho se transforma constantemente, si no sigues sus pasos, serás cada día un poco menos abogado”.

Además, tenemos la gran tarea de atender en cada caso a cada persona con las historias de vida y conflictos que traen a nosotros. Esto es una tarea compleja, ya que hay casos desde los más sencillos hasta los más complejos, los inusuales o aquellos que son una completa locura. Con clientes de todo tipo:  desde el que te preguntará por todo y habla constantemente para tener información de su caso, al que no quiere pagar o el que te deja trabajar sin mayor tema o el auténtico director de orquesta. De todo hay, como es la vida misma. Por tanto, lo que debería prevalecer desde inicio es hablar con las expectativas del caso; analizar todo y dar soluciones y expectativas realistas; hablar con claridad, para darnos a entender (a veces creemos que todos nos entienden); hacerlo con empatía ya que entre más claridad y empatía se tenga de inicio en términos, condiciones y expectativas, más se facilita la gestión del caso para el profesional, y, llegado el caso, la labor de dar malas noticias. También, hay que decirlo, un cliente ansioso es lo más normal; ponernos en su lugar, sabiendo que el pleito es del cliente, es parte de nuestra labor, es una corresponsabilidad y a los abogados corresponde luchar y hacerlo con creatividad por el bien de su cliente. De ahí que el abogado se vuelve el abogado patrono, tal cual, el protector del cliente, con el desarrollo de aptitudes para negociar, conciliar, armar estrategias a la medida, saber exponerlo, argumentar, saber guardar silencio cuando es debido, estudiar, estar actualizado del caso, informar y dar solución pronta a las pequeñas batallas que se libran durante un juicio.

Otra cuestión importante, y de lo más complicada para los abogados: ¡la búsqueda de clientes! Parece que resulta fácil, pero no es así. Es algo que se va forjando a través del tiempo y con la experiencia y el prestigio que se va creando; las relaciones son aquí muy importantes, y hay que dedicarle buen tiempo a ello. El mantener esa constante búsqueda de clientela es una presión en sí misma para el profesional; grandes firmas o pequeñas, autónomos, deben estar en la permanente exploración de nuevos clientes y, una vez conseguidos, mantenerlos a base de trabajo, constancia y empatía.

Por si fuera poco, hemos de cuidar el acercamiento y trato con los secretarios, jueces, el policía de la entrada, los chicos del archivo… A todos ellos hay que saber sacarles su mejor lado de forma cortés, aunque algunas veces no sea recíproco. Pero sin perder de vista nuestro objetivo: la defensa del representado.

A todo ello, hoy en día agregamos la forzosa inclusión en el mundo digital, la cual hoy ya es indispensable para facilitar la abogacía y el acceso a ella. Todo ello implica capacitación, concentración y tiempo necesario como complemento, sin contar con las ideas de marketing y promoción de los servicios que cada uno ofrece. En definitiva, un buen combo que permite ocupar un elevado porcentaje de tu vida en tu desempeño profesional. El otro día escribía sobre lo poco que se habla de la soledad en la que vive un abogado: en muchos casos ejerce de forma aislada ya que su inversión está en la mente y en sus habilidades personales para resolver los asuntos, duerme con sus casos incluso, cada cliente se convierte en parte de su vida en algún momento.

En fin, fuera de todo lo anterior, sí, también hay una vida personal y ahí el quid de la cuestión. Después de mis largos años en el ejercicio profesional, puedo confirmar que el ejercicio de la abogacía es un estilo de vida en sí. Por ello la pasión en la abogacía, que puede ser tan ingrata como reconocida y gratificante, a veces nos puede separar de personas que queremos. Podemos caer en descuidos afectivos o sociales; incluso a veces llegamos a descuidar un valor tan importante como la misma salud, recordemos que hay altos índices de infartos en nuestra profesión y propensión a las adicciones también y ¿cómo no va a ser? Sí, la tarea no resulta fácil, por lo que cada uno es responsable de encontrar el equilibrio, ver el descanso y ejercicio como parte del trabajo, cuidar la salud mental, comer bien, cuidar la parte emocional y afectiva, familia, amigos… Además, la profesión también te puede llevar por caminos soberbios que en la realidad te podrían pasar factura de una u otra manera. En fin, que sí, se puede ser feliz como abogado/a con la elección correcta para sobrellevar estos embates y piel gruesa, porque sí, se requiere una vena y fortaleza específica para el ejercicio de tan noble o vil profesión, como lo quieras ver y hacer.

Gabriela Cid de León B.

14 de diciembre de 2020


GABRIELA CID DE LEÓN.

País: México.

Licenciada en derecho, especialista en materia civil, familiar y mercantil por la Universidad Panamericana, abogada postulante con dos posgrados en la Universidad de Salamanca.

En el ámbito laboral, desde hace más de 20 años inició su firma legal, da conferencias, entrevistas y algunas cátedras especiales sobre su especialidad.

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