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El valor de la palabra y la libertad de expresión. A cargo de Pablo Juanico.

Este artículo no es el primero en tratar la libertad de expresión y estoy convencido de que tampoco será el último. Lo cierto es que esta temática es recurrente entre aquellos que nos animamos a recoger realidades jurídicas en unos discretos y humildes párrafos. No obstante, quizá sí que sea pionero en posicionar la oratoria y el debate como garante de esta libertad. Vamos a ello:

“Las notas musicales son sólo cinco, pero sus melodías son tan numerosas que no podemos oírlas todas” Sun Tzu en El Arte de la Guerra

La anterior frase, a pesar de poseer su origen en el siglo V a.C., es perfectamente extrapolable al contexto actual y al concepto de la palabra. En el alfabeto latino existen veintisiete letras, pero con ellas podemos crear una infinidad de estructuras léxicas y transmitir todo tipo de mensajes. Es por este motivo que el lenguaje tiende a premiar a aquellos que combinan mejor las letras y construyen frases que, sin pecar de redundancia, consiguen transmitir de forma concisa y efectiva el mensaje deseado. Ello, enfocado al habla, se resume en un término: la oratoria.

La institución lingüística por excelencia en el habla hispana, la Real Academia Española, define el término oratoria como “el arte de hablar con elocuencia” y, a su vez, define esta elocuencia como “la facultad de hablar o escribir de modo eficaz para deleitar, conmover o persuadir”. En consecuencia, es plausible afirmar que una buena oratoria se constituye en la eficiencia de saber conectar con el público y poder transmitirle de forma efectiva la idea deseada (concepto interno) mediante un mensaje determinado (concepto externo).

Aplicando la importancia de la oratoria, y en definitiva de la palabra, al seno de la libertad de expresión, existen muchas notas (en este caso, no musicales) que merecen nuestra atención.

Una primera nota caracterizadora reside en el engranaje de esta libertad de expresión y es que la palabra es para la libertad de expresión lo que un martillo es para un clavo. La palabra afianza la solidez de esta libertad. Su connotación más importante se resguarda en la virtud de su contenido. Uno puede transmitir sus sentimientos y emociones a través de las palabras. Así, la palabra posibilita la conversión de lo intangible a lo tangible En consecuencia, se requiere el empleo de palabras firmes y seguras para construir una libertad de expresión sólida, capaz de resistir las vorágines propias de la confrontación y el debate.

Una segunda nota destacable es la fina línea que separa la dureza de la libertad de expresión de su delicadeza. Adentrándonos en esta irónica dicotomía, hemos de afirmar que esta libertad de expresión vive, al igual que el fuego, entre dos peligros constantes: apagarse por su debilidad y descontrolarse por su voracidad.

Sentada la importancia de la palabra y su intrínseca relación con la libertad de expresión, no está de más ahondar en la concepción jurídica de esta libertad. Así pues, ésta se eleva como derecho fundamental (vid. artículo 20.1 de nuestra Constitución) y de derecho humano (vid. artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos). No obstante, sendas cualidades no la convierten en un derecho absoluto. Este es el motivo principal por el que el ejercicio de la libertad de expresión se ve supeditado al constante respeto del resto de derechos existentes, tales como los derechos al honor y a la intimidad.

El propio Tribunal Constitucional reconoce la necesariedad de atender a las circunstancias que envuelven al empleo de los vocablos al recoger que “dependiendo del contexto y finalidad en que dicha palabra fuera empleada su utilización quedaba amparada por el ejercicio de la libertad de expresión” (STC 127/2018, de 26 de noviembre, FJ 4º).

Un ejemplo cuotidiano que ilustra la importancia del correcto empleo de la palabra y de su contexto podemos encontrarlo en el empleo del término mono: si a un hombre le llaman “mono” cabe la posibilidad de que esté siendo objeto de un piropo (adjetivo de guapo o agradable) o de un insulto (metáfora de simio).

En pocas palabras, la sociedad debe ser consciente del valor de la palabra y revertir la tendencia que relega a un segundo plano práctico su cuidado e importancia. En una época tan frenética como la que vivimos, habilidades como la oratoria y el debate deben ocupar un lugar fundamental en la educación; máxime para aquellos cuyas labores pasan por conseguir transmitir un mensaje (desde los abogados hasta los políticos).

Finalmente, ha de afirmarse que la pericia en el empleo de estas habilidades fomenta la construcción de una efectiva libertad de expresión y de una mejor sociedad, pues se logra transmitir de forma efectiva un pensamiento u opinión sin menoscabar los derechos de terceros.

Pablo Juanico

14 de julio de 2020



Pablo Juanico Rodriguez

  • Grado en Derecho en Universitat de les Illes Balears (2018 – 2020)
  • Doble grado en Derecho y Administración de Empresas en Universitat de les Illes Balears (2017 – 2018)
  • Título de Bachillerato en Col·legi Sant Francesc (2015 – 2017)
  • Asesor Jurídico en De Las Heras y Fernández Abogados. (agosto 2019 – noviembre 2019)
  • Colaborador en De Las Heras y Fernández Abogados. (mayo 2018 – agosto 2019)
  • Pasantía en De Las Heras y Fernández Abogados. (septiembre 2017 – mayo 2018)

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