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¡Tiradlo por la Borda! Aproximación a al régimen punitivo naval.

Breve comentario sobre la disciplina naval impartida entre los años 1800 y 1830, donde se darán unas pinceladas acerca de la realidad del régimen punitivo marítimo. Se desmontan mitos y se ponen de relieve varias curiosidades de este “Código Penal” consuetudinario de la mar.

 


 

La disciplina naval existía, existe y existirá. Como ocurre con el Código Penal del resto de los mortales, la finalidad de este elenco de castigos no es más que la disuasión: generar un miedo suficiente en el infractor en potencia como para que se lo piense dos veces antes de comportarse mal.

Por supuesto, el asunto es mucho más complejo. Los marineros tenían -y tienen- su propia psicología, condicionada por el sentimiento de pertenencia a un grupo, a un rango y, como no, por verse -en ese entonces- totalmente aislados de sus familias durante años seguidos. Más todavía, entre los siglos XVIII y XIX, estar embarcado en un buque de guerra -o incluso mercante- podía ser un castigo en sí mismo. Ya no solo por los cañonazos, la metralla, las astillas volando en todas direcciones… sino por las enfermedades, condiciones de salubridad o simplemente el trabajo agotador y peligrosísimo al que el mar obliga.

Y es que el principal peligro para una embarcación eran sus propios marineros en ese entonces. En la Royal Navy se repartía diariamente cerveza y grog (ron con agua y lima), lo que provocaba unas borracheras tremebundas. Los hombres tenían todo tipo de armamento al alcance. Pese a que los oficiales guardaban las armas de fuego y la pólvora bajo llave, los cuchillos, hachas y mazas eran de uso diario a bordo. Los largos meses o años de tedio, dureza en el trato y condiciones adversas podían caldear esos pequeños mundos de madera hasta transformarlos en polvorines humanos flotantes. Un motín era siempre posible, si las cosas no se hacían de la forma correcta.

Todo lo anterior lo sabían perfectamente los oficiales. También los ministros de marina y lores y duques del almirantazgo. Así, se promulgaron Leyes y Decretos (o sus equivalentes de la época dependiendo del sistema jurídico en vigor) que regulaban la disciplina naval en su consciencia de elemento de cohesión de las tripulaciones y, por ende, como elemento esencial para la eficacia y efectividad de cualquier armada competente.

De esta forma, la Real Ordenanza de 1802 -para el caso del Reino de las Españas, que no España como la entendemos hoy en día-, contenía un elenco completo de castigos -atroces- que podían impartirse a los marineros u oficiales navales. Si bien como en breves veremos, realmente las penas son apabullantes, las más duras no fueron casi nunca aplicadas (por motivos que también se expondrán). En todo caso, como es lógico, el régimen iba en función de la gravedad del agravio cometido.

Así, vamos a analizar los actos concretos de disciplina que se aplicaban en la mar:

Si, siendo marineros, cometíamos un delito leve a bordo: embriaguez, pequeña riña o proferir insultos o blasfemias contra otros marineros, se nos castigará durante una semana sin ingerir más que pan y agua. Quizá, si nos hemos excedido un poco, se nos atará al palo mayor con unas cadenas durante una o dos guardias (8 o 16 horas). La cosa no es muy seria.

Ahora bien, si se negaba obediencia o se proferían insultos u agresiones contra un oficial, amigo: la cosa cambia. En ese caso, el agraviante era atado a un cañón o a un cabestrante y, con el torso desnudo, era azotado en función de la gravedad del delito. En España está práctica se abolió en 1874. Pero ¡ojo! La Real Ordenanza de 1802 dejaba claro que, si el desacato o desprecio a la autoridad era mayúsculo, ¡entonces debía cortarse la mano al que ofendió, pues era reo de amotinamiento!

Si la ofensa era intolerable (pegarle un bofetón al capitán) entonces directamente se procedía a celebrar un consejo de guerra y a ahorcar (en tiempo de paz) o fusilar (en tiempo de guerra) al reo.

La realidad es que los anteriores, a excepción de la amputación de una mano- eran los castigos más aplicados -en especial los latigazos, que eran impartidos de forma “pública” sobre cubierta, estando los marineros obligados a asistir -vestidos de “gala”- y a mirar. Lo que hemos comentado: disuasión.

Y hablando de disuasión, vale la pena mencionar el Tratado V de Ordenanzas de la Armada Real, de 1748, que más parece una especie de Malleus Malefiacarum del mar que una Ley: al blasfemo, atraviésesele la lengua con un clavo al rojo; al colaborador de amotinamiento, córtensele las dos manos y las orejas; al incendiario, hágasele perder la vida pasándolo bajo la quilla. Lo dicho, atroz.

Pero también como se ha comentado: estos castigos nunca o casi nunca fueron aplicados. Ocurre de igual manera con el famoso: ¡Tiradlo por la borda!, que salvo en algún caso excepcional nunca fue usado, pues se consideraba que los cuerpos de los difuntos debían ser enterrados o echados al mar con el debido respeto y no comidos por los peces.

En su lugar, los oficiales y altos mandos preferían utilizar la psicología. Poco nos va a durar una tripulación si la sometemos a tales barbaridades o poco vamos a durar nosotros al mando (o a bordo, o con vida…). Así, conscientes de que un motín puede producirse por falta de disciplina o exceso de ella (como le ocurrió al Capitán William Bligh del HMS. Bounty), se idearon gran cantidad de tácticas que ayudaron a hacer de las Armadas cuerpos más eficientes.

Un claro ejemplo de ello se halla recogido en la propia Real Ordenanza de 1802: un sistema de premios y recompensas para aquellos marineros que ayudaran a mantener el orden. Así, el que evitaba un incendio era premiado con hasta 20 reales. El que evitaba una pelea con 12, y el que recogía y cuidaba de un compañero ebrio con 8. Los que entregaban a los desertores o delataban planes de amotinamiento eran premiados con 40 reales. No era moco de pavo.

Pero, con todo, el mejor ejemplo de disciplina inteligente fue la empleada por el capitán Thomas Cook. El susodicho, consciente de que el Chucrut prevenía el escorbuto, lo empezó a dar a su tripulación, quienes se quejaron de su sabor y su olor, negándose a comerlo.

Podría haberla emprendido a golpes con sus hombres. Podría haberlos mandado fustigar por desacato. Podría haber puesto grilletes a cada uno ellos o hacerlos comer a punta de fusil. Pero no. Simplemente se le ocurrió algo mucho mejor: El capitán Cook retiro el Chucrut del menú de los marineros y lo sirvió solo a los oficiales.

Pasados unos días, viendo que tal plato solo se servía a los rangos más altos, los marineros empezaron a quejarse de que se les negaba el acceso a “ese manjar”, llegando a escribir una carta de súplica formal para que se les volviera a dar Chucrut. Claramente así se hizo, pasándose el resto de travesía -varios años-, cantando las virtudes de ese plato y alabando al cocinero que se lo servía.

La mayor fuerza está en el poder de convicción, no en la vara y los grilletes.

Nicolau Vidal Cubí

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